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Por Oscar aleuy , 17 de agosto de 2025 | 10:02El Coyhaique de los veinte, ese que creció y se vino ladeando el lomo
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A punto de iniciar su circulación un nuevo libro, me parece acertado dedicar estas columnas a mi pueblo natal, Coyhaique, con tres nombres a su haber y una intensa historia demorada.
Primero se llamó La Cancha (había una cancha de carreras para que los jinetes apostaran); luego, se la nombró como Pampa del Corral (era una inmensa extensión vacía con calafatales y coigüerías por donde transitaban las carretas con lana hacia el puerto); después entró como Baquedano. No en vano ya estaba cuando se fundó un gobierno militar con el líder nacional Carlos Ibáñez y el territorial Luis Marchant. Ese nombre ya existía en el norte, cerca de Antofagasta, por lo que la correspondencia se perdía. Finalmente decidieron ponerle el nombre del río Coyhaique que corre a los pies del pamperío inclinado.
Desde los raleados bosques de los rocosos Divisadero y Mackay que están casi juntos en las laderas del sur, la ciudadela de la estancia aspira un intenso orgullo colectivo antes de su fundación oficial en 1929.
Hay dos grandes hoteles ya construidos el de los Cadagan y el de don Tomás Arévalo. Una foto de Rabah el único fotógrafo que camina o cabalga con su trípode al hombro, muestra a la pareja midiendo su hijuela ya alambrada para levantar esa construcción, ya que se acercan las argentinas fiestas de la patria del 25 de Mayo y esto se llenará de jinetes. Primero hablan con unos topógrafos que andan por ahí con sus instrumentos y lo hacen. Pero debe ser en el sitio exacto, no en cualquier parte: el punto de llegada de los caballos que cruzan la meta durante las carreras, lugar en el que el rayero y el gritón levantan banderas y consagran al matungo victorioso. Ese espacio se presta maravillosamente para los propósitos de don Tomás de lograr que un punto estratégico de clientela fuera depositario de sus exclusivos servicios de bar y hotelería.
Mi paseo continúa. Yerbeamos por ahí, cerca de unas cabalgaduras con sus jinetes que juegan truco sobre un cajoncito mientras otros amasan el pan sobre una badana de cojinillo. Se me presentan las tres casas de la pampita, la de Enriqueta Jarpa, la de su primo Carlos Rodríguez un poco más retirada y también la casa bruja de Juan Carrasco, cerca de los lomajes del regimiento en dirección a las confluencias.
No pasan muchos días desde que el establecimiento ha sido construido completamente. Vivimos cerca de la cuarta casa, un lugar que pronto se convertirá en el punto central de la emoción y el bullicio.
Pero gente gente, casi no hubo. Pueblo, menos, lo podría jurar —vocifera doña Berta cuando la entrevisto en el living de una casa Corvi donde visita a un pariente.

El hotelcito de cierta esquina
Un día, a don Arévalo le empieza a faltar la comida para surtir a la clientela del hotel. Y cuando se encuentra reflexionando sobre cómo superar el problema, viene a verlo su amigo Lucio Pérez de la estancia Numancia y le aconseja que vaya para allá a comprar más ovejas de las que hay, que fuera un plantel disponible para la temporada completa. Que vaya, que compre y acarree, con cuatro perros ovejeros.
—Porque o si no…le puede faltar —le asegura.
Y las puede dejar aquí en la pampa, tranquilas pastando. Engordando, nadie se las va a robar, qué mejor. Le va a ir bien si instala una carnicería. Pero tiene que ser aquí mismo, donde se junta la gallá en el momento cuando se termina la carrera, le dice con seguridad.
Arévalo galopa hasta la frontera de Coyhaique Alto acompañado por cuatro troperos, y paga cerca de doscientos pesos por unas cuarenta ovejas, que arrea hasta el valle de la pampa y las encierra en un corral junto al patio del hotel. La idea es bastante buena. Incluso, dos años más tarde, asegurada la provisión de carne, él mismo es capaz de construir una carnicería cerca de los corrales, la primera de todas. Con doña Adela administrando la marcha del hotel y don Tomás a cargo del boliche y las ovejas, casi todo se concentra de pronto en el escenario de la pampa y entonces cambian las cosas, porque el hotel comienza a ser largamente visitado por afuerinos que aspiran los grasientos aromas de las tortas fritas y los asados parados cerca del patio del fondo.
El Internacional es una construcción de chapas sin pintar, un corredor y un piso que al principio está cubierto de planchas asfálticas que a alguien se le ocurre traer de Comodoro. Llegan ahí los agrimensores a medir lotes y tierras del valle del río y también los funcionarios del ejército, hombres de negocios, autoridades de gobierno y gauchos argentinos. Entre los Arévalo hay mucho regocijo cuando aparecen la Imilce, la Florentina y la Claudina. Y así se va pasando la vida en los primeros días de Baquedano.
Un par de años después cambia de dueños el hotel, primero don Brito, luego Eliseo Castro, Julio Chible y Mondelo Losada, un españolísimo recién llegado que aprovecha de ganar adeptos al declarar que ha llegado a un paisito bien, donde se vive bien y se puede estar bien. Por esos días ya está listo el segundo piso que se alza victorioso hacia los cielos con siete nuevas habitaciones que parecen toscos ventanales desafiando las alturas de la Cancha. De esa forma el olor a tiempo deja entrar a los fantasmas de los días aciagos, mientras una leve lluvia comenzada se vuelve borrascosa, mientras corremos con la Silvia Claudina a buscar refugio en cualquier parte oteando hacia el cordón del Divisadero por entre los árboles quemados y las rocas calientes.
Otra vez esa casa bruja
Una de esas tardes me enfrento con miedo a la noche de la casa bruja, cuando algunos hombres agalludos pretenden implantar la idea de vivir en casas propias con familia y no comer en los comedores de la estancia donde todo lo hacen como si estuvieran presos y para el vino tienen que recibir un número y le dan tan poco si alcanza sólo p’al bigoteado. Una pasá…
Son los nuevos tiempos del crecimiento mientras sopla el viento fuerte en las alamedas de la estancia de los místers, junto a las viejas lavanderas que se van cerca de las fogatas para escuchar historias confusas que hacen apretar con más fuerza los cojudos.
Se me abren solas estas páginas. Contemplo la siguiente contada de los tiempos. ¿Cómo estará el abuelo? Pienso por segundos largos en él. La noche del 27 de julio es invierno oscurecido y reina una turbulenta actividad en las confluencias. La primera casa bruja se comienza a alzar cerca del río. Jinetes, caminantes y peones golondrinas se quedan a dormir bajo los coigües centenarios y grupos de pobladores deciden terminar con las injustas leyes internas de la compañía que quieren evitar a toda costa el vivir asalariados en una tierra que nunca ha sido propia.
El grito es tan poderoso que avasalla toda la calma del valle. Desde el campo cercano de los hermanos Antecao, a un kilómetro monte arriba hacia Laguna Verde, se atolondran los maestros para cargar vigas, columnas y bazas a la espera de que el levantamiento ocurra a la hora señalada, cuando el sol haga su aparición por las laderas del norte. Dos carpinteros chilotes son los soberanos de la jornada bruja, y con gritos destemplados y extraña pachorra intentan levantar las cabezas de todos los que construyen. Todos tienen tarros y chocos llenos de vino barato. Gabriel Chávez y José Cárcamo son capaces para las vigas como para los acarreos. Entre las sombras de la noche dos carretas de bueyes esperan su turno. La construcción aparece en el sitio de la barda del regimiento, justo donde recibe sitio para construir su casa veinte años después el instructor de la banda Eduardo Caro que acaba de llegar con su mujer. La casita es llamada así, casa bruja. Por su rápida aparición, y porque justo al alba y en completo silencio, una bandera chilena flamea en un mástil de coigüe, y aparece misteriosamente justo a la salida del sol, para mostrar el más simbólico motivo a través de una cálida brisa de soberanía.
La estancia propone la virtud de llevarse los recuerdos para que el ojo no se distraiga y mire de frente. Hombres solteros, solos, sin historia y casi sin rumbo, bajan desde los vapores a los muelles de Puerto Aysén para empezar a quedarse. Arranchados bajo los coigües, expertos en dolores y olvidos, negrean por las noches y se hacen avance sobre las carretas con lluvia de cuarenta días y silbido de troperos.
El maestro Ramón Contreras de Gallipao se ha puesto gordo de tanto comer capones y no se encuentra dispuesto a armar una casa junto con tantos hombres jóvenes. Agitándose al aire imparte órdenes sin remilgos, ondea su bombacha orientala Uruguayés y unas cómodas alpargatas Langosta. De tanto gritar se cansa y baja de la obra, dirigiéndose al fuegón. Dice como en una sentencia:
—Si hacemos esta casa, será fácil después hacer otras. Porque y si no, nos quedamos sin pueblo.

Probablemente deben llegar otras parecidas dentro de poco tiempo, ya que la voz se corre entre la peonada y los camperos. Y se les inunda el alma de regocijo, sabiendo que es esa la última señal posible para ganarse un derecho natural de posesión y de soberanía. Por ahí llegan. Están la Berta Rodríguez, su madre Enriqueta Jarpa y su tío Rodríguez Jarpa, y entre todos levantan una morada pequeña de una pieza, con comedor y piso de tierra. Llegan también los agrimensores que han sido despedidos de la Estancia por presentarse tarde en las mensuras y están ahí un par de días, fumando y sin hacer nada, hasta que parten caminando para Argentina a olvidarse para siempre de esta tierra.
Quiero preguntarle a Caro Vallejos por la supuesta banda y me contesta que no es tiempo de bandas todavía. Recién estamos fundando, dice. Quiero saber si en el muelle del puerto están los músicos que reciben barcos. Sí, claro, dice. Tienen cómo vivir, si eso lo ha inventado Marchant, el Intendente, responde. Años después se aclara lo de Caro. Regresa a vivir con su mujer en el mismo lugar donde se levanta la casa bruja. Y ahí dirige la banda de instrumentistas del Regimiento pero como en 1947.
Por la cuesta del Arenal entran un día varios hombres a pie, portando algunos maletines, bolsas y pilguas. Los menos, entran a caballo. Otros, en burros o mulares, el resto en carretas de bueyes. Son los carpinteros nuevos, esos que son mandados a buscar no sólo por los ingleses, sino por mucha gente que les recomienda venir a levantar casas y ojalá quedarse para siempre. La mitad son familiares de esos primeros valientes colonos.
Todo eso aparece de repente y se nota que parece difícil alcanzar a leer lo que está escrito. Hay manchas visibles, los ratones han comido varias líneas del libro, pero se rescatan los primeros signos y se lee igual no más, que Ramona Jara se ha casado con Nicanor Schoenfeldt y que construyen más allá del barullo de la famosa plaza y sus carreras y hotelillos. Se ganan bien estando lejos, incluso más lejos que las últimas casas de López que es el alambrador de confianza de los ingleses. López tiene una primera disputa por las alambradas con Rodríguez, a tal punto que permanecen largo tiempo peleándose los espacios, hasta que en la estancia alguien sabe esta parte de la triquiñuela y llega el jefe a separarlos y a informar que las alambradas son jurisdicción de la estancia y que no pueden ponerse a pelear dos particulares como ustedes, así, claro y fuerte. Los Schoenfeldt buscan un sitio apartado. Antes de eso, doña Ramona, cuando está en el hotel, escucha el rumor de que se levantaría una casa de brujas y eso es como una declaración de chilenidad entre los peones y trabajadores. Su marido va a conformar la cuadrilla de carpinteros. Esa noche le redobla la ración de pan y tortas fritas, incluso le hace unas empanadas y le pone un botellón de vino tinto para que pase la noche contento. Al otro día, trasnochado y con los ojos fijos, vuelve a casa sin dormir y le dice a su mujer:
—Al menos, por fin vamos a tener un pueblo. Y la abraza con ternura.
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