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Por Oscar aleuy , 24 de agosto de 2025 | 10:02La Trapananda me llamó y fui un testigo presencial
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Trapananda indispuso a más de algún aysenino y también al afuerino trasplantado, a tal punto que se produjo una controversia desde el punto de vista de su significación.
Ya en 1500 sonaba fuerte la voz en los ámbitos seculares, entreverada en relaciones de virreyes, memoriales de servicios, cartas y epístolas que irrumpieron en las urbes coloniales para informar sobre oscuras comisiones, travesías y derroteros.
¿Por qué en 1572 Trapananda ya volaba alto en las relaciones de Jerónimo de Alderete, quien enviaba cartas al virrey del Perú comunicando la existencia de las provincias de Lil-Lil, más conocidas como las tierras de la Trapalanda?
Me llegaban a los sentidos los nombres de misteriosos exploradores y aguerridos funcionarios de reyes y países remotos. Se acumulaban en medio de mis lecturas y se confundían con las magistrales ficciones de Salgari por entre los candeleros de las casas sin luz en el Coyhaique de 1954.
Aparecieron y se reunieron los sultanes asiáticos con las cimitarras y los jeques guerreros llenos de ínfulas y vanidades, se acumularon demasiado las intensas visiones de las princesas y los príncipes siempre victoriosos en la cadena secular de la vida. Ahí se quedaron también los sarracenos y las conquistas sobre figuras de mapas incomprensibles. Llegó de pronto la verdadera vida, la de los colegios, los libros, el aprendizaje. Y esas figuras de los libros que comenzaban en Francisco de Villagra y ya el hecho de verlo entre las hojas amarillentas de la biblioteca de la humilde escuela de la calle Prat de Coyhaique, me parecieron de otro mundo.
La descripción de Francisco de Villagra

Villagra tenía cincuenta y seis años cuando murió y mucho después supe que su misión gobernadora nunca anduvo tan bien como parecía, ya que todo le salía mal, al decir de ciertos respetados cronistas de la época. Su rostro era blanquecino y le cubrían barbas apenas entrerrubias, se decía amigo del siempre andar bien vestido y del buen comer y beber, autodefiniéndose incluso como enemigo de pobres. Era admirado y socialmente cómodo, bienquisto y reputado antes de ser gobernador, y malquisto después del cargo, ya que uno de sus defectos fue hacer más por sus enemigos (a fin de atraerlos para sí) que por sus amigos.
Gustaba de vicios mujeriles y se manifestaba lánguido y melancólico en las cosas de la guerra. Se dice incluso que fue venturoso sólo en la buena muerte que tuvo. Era amigo de lo poco que tenía guardado: más se holgaba de recibir que de dar.
Valiéndose de un bergantín, el mentado Villagra tomó posesión de tierras en América, y me causó un inmenso asombro. ¡Se llegaba a las tierras y se tomaba posesión de ellas en nombre del rey! Un bergantín antiguo entró a esas radas solitarias, eternamente inhabitadas, y en las regiones comprendidas entre el grado 41 y Magallanes, en la provincia de Trapananda hasta la Mar del Norte, se produjo la anexión a la Corona mediante una tibia ceremonia, apenas perceptible por los marineros.
Los primeros pruritos por la Trapananda
Se hablaba de la provincia de Cuyo, una enorme porción de continente que comprendía extensiones al norte de la Patagonia, separada de la Trapananda, por el curso del río Diamante. Hacia 1591, un extrañísimo expedicionario español de nombre Oñez de Loyola, que era un anciano gobernador del reino de Chile, enviaba a su rey un mensaje en el que señalaba su propósito de cruzar una cordillera para pasar cuanto antes a conocer la reducción de la Trapananda o Césares.
¿Qué había detrás de esa intención atropelladora y descomedida? Además, el susodicho gobernador insistía en la importante conquista de la provincia de Cuyo y las provincias de los Césares, las que eran más conocidas por el vulgo como Conlara, Trapananda y Lin-Lin, y que constituían un puñado de provincias que había descubierto García Hurtado de Mendoza declarando, según las palabras puestas en la misiva, que se trataba de regiones remotas que hoy ninguno ha conquistado.
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La noticia de la existencia de estas tierras consideraba la esplendidez y opulencia de espacios sitos al sudoeste, los que empezaron a llamarse Trapananda, Césares y también Patagones. Basta imaginar estos conocimientos para empezar a preocuparse, no tanto por la plétora de las descripciones, sino más bien porque uno creía conocerlo todo con esas fabulosas ficciones de los libros de aventuras. Se decía ahí que esta mitología formaba parte de un cuento antiguo del vulgo militar y que el nombre viajó siempre de boca en boca, a veces como una chanza superflua, otras como una cosa real y oficial y que se fue renovando con el paso del tiempo y se fue enriqueciendo siempre.
La polilla que consume buenos caudales
Añaden los cronistas que el nombre de la Trapananda prendió tanto entre soldadescas, que fue considerado polilla que consumió buenos caudales, pero sin llegar a obtener ningún fruto. Tiempo después tuve la oportunidad de conocer a unos extraños seres, cuando mis ojos se toparon con una población indígena tucumana conocida como los comechingones, nombre que comenzó entonces a ser designado con profusión y exigencia en los escritos de viajes de Sarmiento de Gamboa, y también en las narraciones de Miguel Luis Amunátegui, donde se los designaba como emisarios de noticias no del todo buenas en relación con los descubrimientos y conquistas de pueblos y reinos desco- nocidos en regiones deslindadas al norte, y que ellos traían anotados en sus bitácoras y diarios de navegación como la Región de la Trapananda o la Noticia del César.
Mientras tanto, al sur de Santiago del Estero, al centro de América (Santiago del Estero), invadía los territorios ancestrales de los henia-kamiare. Los sanavirones los llamaban kamichingan, que en idioma salavirón parece haber significado ‘vizcacha’ o ‘habitante de cuevas’, esto debido al tipo de vivienda semisubterránea de los henia-kamiare. Sin embargo, según la crónica del conquistador español Jerónimo Bibar, escrita en 1558, el apodo les fue dado directamente por los españoles al escuchar el grito de guerra de los henîa: ¡Kom-chingôn!, según Bibar este grito se traduciría por muerte- a-ellos (a los invasores). Es probable que los sanavirones entendieran y tradujeran con mofa tal clamor de guerra de sus enemigos con la palabra kámichingan. (Pueblos indígenas de Argentina, historia de la Provincia de San Luis).
Los embrollos lingüísticos de Trapananda
Por esos días se conocía el territorio como la Provincia de la Sal, llamada también del César o de la Trapananda y que, cayendo a espaldas de Chile, era entusiastamente visitada por el general Joan Jufré, el primer alcalde de Santiago.
Me llamaba poderosamente la atención que este caballero acostumbrara usar sombreros livianos de plumas blancas de pavorreal, y a ello sumo que, cuando se fundó Santiago, él estaba entre la concurrencia muy cerca de don Pedro durante la ceremonia, su jefe directo de expe- diciones y conquistas.
Creo que había neblina porque se sentía avanzar entre los ojos una bruma melancólica y callada. Esta era la región que empezaba a visualizarse en los 44 grados al sur y proseguía casi hasta el Estrecho de Magallanes, correspondiendo términos con la provincia de Chile hasta los Coronados en el Lago de Chiloé, que es el Mar del Sur en 46 grados más al puerto desde la tierra del César, la que en lengua natural era probablemente llamada la Trapananda. Horrible crucigrama, lleno de alternativas aparentes y acaso imaginarias, con laberintos sin salida, elucubraciones y antojadizas teorías.
Los Césares y los Rabudos
Esos eran los vericuetos de significados, sumos embrollos lingüísticos, que deberían con el tiempo —lo suponemos— haber sido aclarados de manera adecuada, pudiendo desprenderse, por ejemplo, que el término Trapananda debería entregarnos más de cuarenta sonidos y escrituras distintas y seguramente (es la impresión que mejor me identificó) ostentar el significado de algo que se interna más allá de lo visible, hasta donde el ojo alcance, un código perfecto para señalar la importancia vital que el viaje y la conquista tenían, entonces, para el viajero o el descubridor en la época colonial.
Además, se entenderá que la significación también va en dirección al misterioso emplazamiento, la inevitable alusión a la perdida Ciudad Encantada de los Césares, lo que ingresa también como leyenda, patraña o simple quimera en la indicación que se hace a los indios de la cola larga.
Hay algunas aberraciones que se formularon en aquellos años y que permanecen como testimonio en el mapa del jesuita Alonso de Ovalle, cuando en última expresión es que se arma, casi automáticamente, otra de las reflexiones que me dejan perplejo al ir al encuentro de esas mágicas líneas, y es que las tierras del Valle de Aysén entre los paralelos 44 y 47 fueron conocidas por los cronistas de Indias como el Potrero de los Indios Rabudos, ya que así se pensaba que eran en aquella época nuestros aborígenes, como analógicamente también se pintó de oro, marfiles y piedras preciosas la fachada de una ciudad imaginaria llamada de los Césares.
En 1837 gobernaba Joaquín Prieto Vial y en el mismo período en que se enfrentaban en Chile los irreconciliables conservadores y liberales, cuando ocurría el terremoto de Chillán, moría asesinado Portales y Blanco Encalada dirigía la Guerra contra Perú y Bolivia. Ocurría por esos días una intención de decretar recompensas con tierras frente a los servicios destacados de cualquier ciudadano chileno, basándose en normativas ya vigentes desde la época.
Movido por el interés de permanecer enredado en medio de las facciones de esa primera vorágine de sucesos, caí por fin en la cuenta que ese trozo de relaciones también me pertenecía. Jugaba yo en medio de los sucesos, asombrado, fuera de mí, enlazando mi nombre y mi existencia a ellos, como un caleidoscopio que me hacía codearme con tanto personaje inveterado, con tanta sapiencia articulada en medio del peso de la historia.
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