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Por Oscar aleuy , 8 de noviembre de 2025 | 20:33

12 de Octubre de 1929 mucho camino al andar

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Temprana imagen de Coyhaique cuando aún es Baquedano en 1933 (Foto artificada Grupo NLDA)
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Coyhaique y Baquedano constituyen la unidad de la vida en la conocida Pampa del Corral, lugar de argentinos, jinetes de paso y puebleros a la fuerza.

Ese día, en la mañana, bajo un cielo luminoso, aunque con algunas nubes que anunciaban chubascos, quedaba fundado oficialmente el pueblo de Baquedano. Años después se le tuvo que cambiar el nombre y se llamó como el río: Coyhaique. Porque la correspondencia llegaba a Baquedano, que era una lejana estación de ferrocarril y maestranza en la comuna de Punta Gorda ubicada a 90 km. de Antofagasta. Las cartas se perdían y se creó un caos alarmante.

Mientras en el Baquedano de la pampa nortina se trabajaba el mineral de salitre, en el viejo Baquedano de la Pampa del Corral se juntaba la gente para las apuestas de las carreras de caballos y era el lugar de encuentro entre los que viajaban desde Puerto Aysén hasta a las estancias argentinas en la frontera. Las bestias sin montura, se vieron siempre desde lejos, en plena tregua, igual que muchos hombres que se buscaban para hacerse amigos en medio de la penuria y los menesteres. Pensaron en las esquilas, comparsas con máquinas que avanzaban de estancia en estancia. Ese era el único trabajo bien pagado, para lo cual tuvieron que conchabarse y aprender a esquilar a mano, con máquina o tijera.

Era una época dura. El agua no estaba acondicionada para el consumo, y había que ganársela, caminando hasta la gran fuente que cae a los pies de la Piedra del Indio, en la bajada hacia el río, cercano al regimiento. Las acequias ya eran focos de contaminación, donde cotidianamente aparecían en sus cauces animales muertos, excrementos, basura y sedimentos. 

Asoman los primeros habitantes

Tengo una foto que muestra al doctor Gutiérrez echando una vuelta por esos sitios altos de la pampa donde hoy se erige la población y una calle con su nombre. Después construyeron ahí el famoso consultorio, que funciona hoy y está en boca de todos. Un doctor en medio de la nada, que se murió sin atención médica en la soledad de la pampa por una fulminante peritonitis que él mismo intentó operar. 

Eliseo Troncoso en Villa Ortega

Pioneros Rodeo Los Palos, habitantes Leopoldo Troncoso  y Josefina Valdés en 1905. (Foto Grupo NLDA)

Troncoso se me aparece acechando pasos sin rumbo, junto a otros tantos jóvenes de miradas solitarias. Viene saliendo de nuevos trámites para inscribir tierras y campos así tan joven como es. Ha bajado desde los robledales de Chillán Viejo y se acerca hasta Aysén. Se llama Roberto Troncoso Guevara y es nacido en las comarcas de O’Higgins en 1873 desde donde entra cruzando por Río Mayo en 1920. Siendo ocupante de tierras, es tomado preso y castigado por la policía fronteriza, pero liberado poco después gracias a la intervención del primero Zambrano quien ya se encuentra comisionado para combatir el cuatrerismo en el territorio. El pionero hace abandono del lugar justo en el centro de una mala época. Desde lago Castor, traslada familia, carretas, enseres y numeroso ganado y ocupa el sector.

En el intertanto, solicita a la Compañía Ganadera algunas hectáreas de tierra. Logra viajar a Santiago y solicitar directamente 800 hectáreas en Mano Negra, donde con el tiempo se levantaría la Villa Ortega. Es la segunda vez que construye casa, ayudado por su familia y algunos amigos. 

Según consta en el Registro de Propiedad del año 1938, fotocopia entregada por su gente, es propietario de casas, galpones, pozos, baños, potreros y cercados, la Quinta 17 de la calle Baquedano y una no despreciable cantidad de ganado. Casado con Olga Aguilar el 11 de Noviembre de 1933, tienen dos hijos, Alberto y Margarita. Doña Olga seguirá estando ahí en el sector Viviana colindante con el Puente El Víctor cuando escribí estos datos. Ya ha cumplido 90 años y hasta entonces es una colonizadora injustamente olvidada. En el predio donde levantan sus construcciones hoy respira Villa Ortega, las tierras anchas de don Gumercindo. 

El Ministro de Tierras de la época, mediante el Decreto 998, otorga título de dominio a Olga Aguilar con fecha 23 de Septiembre de 1940, en predios de Rafael Monroy, un extravagante jinete que usa vestuario confeccionados por él mismo con pieles de nonatos; se divisa a José Evaristo Solís y Pedro Mercado que hacen lo propio en el sector norte; al Este vive Ortega y al Oeste Francisco Pincheira. 

Reconocimiento del terreno donde se formalizaría en un futuro bastante lejano la construcción de un centro de Salud que hoy lleva el nombre de Alejandro Gutiérrez (Baquedano 1937). 

Castro, el Eliseo de los hoteles

Baquedano está crecido en 1939 cuando llega don Eliseo, en un camión manejado por Julián Labbé. Pasa junto a Marina Asencio, su mujer, a través de la ruta de Río Gallegos, quien pone el grito en el cielo cuando sabe que tienen que quedarse para siempre. En julio de 1939, su marido le ha comprado el Hotel Internacional a Tomás Arévalo. Castro posee un agudo sentido del humor y se le recuerda redactando actas en las reuniones del Club de Huemules, ubicado en 21 de Mayo y Lillo. 

Es cobijado como Hermano de Manada y Secretario de Actas en el Club Número Siete de Praderas. Se integrará rápidamente a la política como radical. Es socio del Baquedano y Presidente de la Asociación de Fútbol. Por entonces llega de visita el Ferrobádminto, primer Club Deportivo grande de la capital. Crea la primera Sala Cuna, es Oficial Civil y Secretario Municipal. Impulsa la Fiesta del Caballo Chileno en los interiores de su Hotel Internacional de Moraleda. 

Castro ha sido alumno fundador del Liceo de Punta Arenas, cumpliendo su servicio militar en Osorno, y trabajando de barrendero en el Teatro Caupolicán de Santiago. Egresa de la Escuela de Leyes de la Universidad de Chile, es Notario en La Unión y profesor rural en Río Negro. Se exilia en Argentina. Tiene dos hijos: Berta y Héctor. Este último, nuestro genial profesor de la Escuela D-18 y colega de radio Patagonia Chilena, el Toto Castro, felizmente galardonado por sus méritos. 

Un almacén tipo western 

El Centenario alcanzó a ocupar toda la cuadra de Baquedano con Carrera. Tenía columnas de madera y un gran corredor exterior bajo el que se albergaban las siluetas de muchos gauchos y peones durante los aburridos días de lluvia. Semejaba en toda su dimensión a las legendarias casonas del farwest que veíamos en nuestras primeras películas de los 50. Se divisaba una gran puerta principal y tres ventanucos pequeños a cada lado. En ese lugar mucha gente compraba sus vicios para el año. Había dos grandes varones de unos ocho metros cada uno, tanto por el lado de Carrera como por el de Baquedano, que pasan llenos de caballos atados por horas mientras sus jinetes se iban a los bares con los amigos.

Poncho Largo

Poncho Largo permanece sentado en el mesón con el mate en la mano y tal vez fumando. No sería raro. Esos espacios de su boliche son algo muy familiar para mí, ya que vengo al mundo en la casa del lado, donde mi madre me va a parir escaleras arriba en el dormitorio, una noche fría de Abril asistida por la matrona Mercedes Barra. 

José Vera Cárcamo es Poncho Largo. Se ha detenido en los primeros tiempos de sus trabajos en las estancias, donde destaca de entre los demás por usar un gran poncho, demasiado largo para la usanza de la nuestra patagonia pero que se lo han regalado en Argentina, donde es de uso común y se lo pone porque se siente bien así. 

Aparece por Baquedano por 1928, con un amigo que le acompaña. En el desembarco tiene que pasar a la mediagua para registrarse frente a un cabo de carabineros que le pide su papel de nacimiento. En Ñirehuao, hay unas cuarenta personas trabajando a cargo de Mister Monroe y el capataz Santos Gallardo. Hay colgadas 24 manijas de esquila con sus guías y se divisan los baños con cientos de galones de antisárnico Cooper. 

Se contrata en una cuadrilla a cargo de David Alonso Tascón y durante años ripia sendas y derriba árboles, abriendo espacios majestuosos. Es como un verdadero batallón, comenta. Pero siente que aquel no es un trabajo para él, y sigue siendo peón de estancia en la Escuela Agrícola, se va al aserradero del paisano Corball, prepara viaje Puerto Ingeniero donde le sorprende la gran crisis del gobierno de Ibáñez. En 1941 compra una propiedad en la esquina de Bilbao y Doce de Octubre y se transforma en uno de los que integraron los grupos iniciales del pueblo. 

Las escenas de su juventud se dejan caer a borbotones, plagadas de honda significación: la casa bruja, su isla natal Agoní, y las figuras de Foitzick, Mackay, Carrasco, Solís, los primeros locales comerciales, el Centenario y la Pulpería, los mallines, las selvas, los follajes del calafate, las fiestas y las ramadas, con su pequeño boliche de esquina (Don Nino) adonde tantos niños pasábamos a traernos los confites y una yapa. 

El español Antonio Castilla

Y este español de dónde apareció, parecen decir todos de él. ¿Quién es? ¿Y por qué vino? Todos comentan cosas de un atractivo desconocido que llega desde Pruna, Sevilla, localidad paradisíaca junto al río Guadalquivir. Se llama Antonio Castilla Ponce, un curioso caballero de las rancias familias andaluzas que se quiere cambiar a Chile, un paisillo bastante bien, según sus expresiones, un viajante generoso, que llega a derrochar amistad y generosidad a una tierra que no le pertenece, pero que la hace suya recorriendo parte de América luego de pasearse por España y Francia. Llega hasta el Brasil, pasa a Bolivia y se queda en Argentina. En Aysén conoce a su paisano Sixto Echaveguren que en ese tiempo administra sus chatas tiradas por 20 caballos entre Comodoro Pero cuando en Áysen no encuentra futuro y tampoco habitantes ni vida, por lo que opta por Talcahuano, donde trabaja en el rubro hotelero. Regresa a Aysén, se instala en calle Prat, donde está La Castellana; se dirige al Salto y finalmente opta por las extensiones frías de Cerro La Virgen, donde todo el mundo comienza a conocerlo y a valorizar su presencia cuando inicia la era de su fundo El Peludo, lugar que habla sobre el sufrimiento en los caminos que no se abren, por lo cual se dice que los hombres peludean, pasaban penurias. 

Levanta su casa al lado del camino, y ofrece hospedaje y posada a los caminantes, jinetes y hombres de rutas a cambio de animales, en lo que comercialmente constituye algo muy nuestro: el trueque. En 1936 es Juez en Balmaceda y visita mucho más seguido Coyhaique, adonde le esperan sus íntimos amigos, en el Hotel Chible para las partidas de truco y brisca, en la gloriosa época de la bonanza ganadera de los 50. Es del grupo de Chano Echevarría, Ramón Fernández, Claudio Whal, Ricardo Mackay, verdaderos símbolos de la vida social de antaño. Se lo ve frecuentemente por noches completas junto a conocidos y amigos, pidiendo centollas, su plato favorito, en medio de una época en que Coyhaique se encuentra en pleno crecimiento comercial y económico. En 1957 decide irse a vivir a Bahía Blanca, donde compra un gran fundo para no perder la costumbre de continuar invitando a sus amigos predilectos, para ofrecerles su hospitalidad. A los 60 años, el fabuloso Castilla que ha llegado de Sevilla a América, fallece repentinamente, dejando una enorme estela de recuerdos y anécdotas.

Esta es una punta del iceberg. Podríamos estar años aquí escribiendo sobre los inicios de Coyhaique y su gente, hacer miles de crónicas hacer libros de la nada, morir de pronto y dejar que otros continúen la tarea.

El ciclo del eterno retorno.

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