ACTUALIDAD
5 de abril de 2026 | 12:27

Coyhaique viene naciendo. Late desde la tierra misma

  Atención: esta noticia fue publicada hace más de 9 días
Dos escenas imponentes de la primera tierra, habitantes tempranos para un plan superior.
Compartir

Los primeros espacios del pueblo naciente no se repartieron con discursos grandilocuentes ni con la vanidad de una victoria recién estrenada sobre los administradores ingleses de la compañía ganadera. No. Se ordenaron como se ordena lo urgente: con las manos, con el frío, con la intuición. Y en el centro de todo, la pampa —ancha, luminosa, casi soberana— era plenipotenciaria. Respiraba vida. Allí se cruzaban saludos y destinos: encuentros, recepciones, bailes, carreras. Un hervidero inicial que los primeros coyhaiquinos recuerdan no como un dato, sino como un orgullo que todavía les arde en la voz.

Entre esos recovecos de madera y viento, los bomberos comenzaron a escribir una épica silenciosa. No tenían más que voluntad y escarcha. Y aun así, fueron desde el inicio la institución más querida, como si el pueblo reconociera en ellos una forma de coraje que no necesita anuncio.

En 1935, cuando Baquedano amanecía con ese aire limpio que corta la cara, un zanjón cruzaba el poblado como una vena abierta. Por ahí corría el agua —para beber, para lavarse, para sobrevivir— atravesando un potrero el Cuadro Huemules. Era un chorrillo mínimo, rudimentario, pero era todo. Cándido Franch, que vendía agua a domicilio, lo decía casi sin detenerse: ese hilo turbio sostenía la vida.

Y sin embargo, el invierno imponía su ley. La escarcha endurecía el mundo, volvía inútil lo visible. El agua estaba ahí, pero no estaba. Y entonces ocurrió lo improbable: incendios que no podían apagarse… salvo con nieve. Los primeros voluntarios combatían el fuego como quien enfrenta una criatura absurda, lanzándole bolas blancas al corazón rojo de las llamas. La imagen parece de fábula, pero fue necesidad pura: el ingenio como última herramienta cuando todo lo demás falla. Me lo había contado mi bombero padre en las silenciosas noches invernales.

Porque así nacen estas historias

Años después, otro fuego —más cruel, más definitivo— devoró el carrobomba que había sido enviado a reparación al taller de Mario Munill, en Lillo con 21 de Mayo. Esta vez no hubo nieve ni milagro. El vehículo ardió hasta convertirse en esqueleto, y los bomberos, que tantas veces habían salvado, no pudieron salvar lo suyo. Pero incluso en la derrota brotó otra forma de lucha: la campaña en el programa Dingolondango, con Enrique Maluenda. Hubo que pedir animales, venderlos, reunir peso a peso. El pueblo otra vez empujando desde abajo, como si cada pérdida fuera también una semilla.

Mucho antes, en 1939, se había celebrado la llegada del primer carro palanca. Era una promesa sobre ruedas frente a la escasez. La ceremonia de bautizo —planeada como parte de la visita del presidente Aguirre Cerda, que nunca llegó por culpa del mal tiempo— tuvo algo de fiesta suspendida en el aire. Los voluntarios marcharon desde el local de La Riojana hasta la avenida Baquedano, atravesando un arco de triunfo hecho de quila, como si la naturaleza misma quisiera aplaudirlos. El carro fue bautizado como Bomba General Baquedano, y con el tiempo, ya retirado, quedó expuesto como un relicario: no una máquina, sino una memoria detenida.

Pero esos años también fueron duros. 

Antes de 1940, los incendios encontraban siempre ventaja: faltaba agua, faltaban herramientas, y a veces faltaba incluso el sonido. El viento o la lluvia se tragaban el repique de la campana de la parroquia, dejando al fuego avanzar en silencio. Aun así, los voluntarios respondían. El 18 de marzo de 1939 protegieron el Almacén Centenario como quien protege un símbolo. Y en abril, once hombres se internaron en los potreros del Cuadro Huemules para domesticar el zanjón: canalizarlo, represarlo, multiplicarlo. No fue sólo trabajo físico; fue una disputa con fuerzas y autoridades. Hubo conflictos con carabineros y con la Empresa Eléctrica, pero el agua —esa vieja aliada esquiva— terminó por rendirse y correr por el pueblo como una victoria compartida.

Y mientras todo eso ocurría, otra escena —más quieta, pero igual de poderosa— se fijaba en la memoria.

Antes de la fundación ya se veía venir algo

Un mes antes de la fundación oficial, el 18 de septiembre de 1928, la primera casa levantada en la Pampa del Corral se convirtió en escenario. No era una casa terminada: era un esqueleto de madera, con vigas, listones y tablones improvisando un tablado. Pero allí estaban todos: autoridades, vecinos, carabineros, administradores. Y sobre esa arquitectura a medio nacer, entonaron el himno nacional. A unos metros, dos cabos izaban la bandera: uno hincado, otro de pie. Sus rostros, rígidos, guardaban una emoción que no necesitaba palabras.

Esa casa no fue solo madera: fue un punto de reunión, una brújula simbólica. Durante años convocó desfiles, actos, celebraciones. Allí funcionó la primera Subdelegación. Era pequeña, sí, pero tenía el tamaño exacto de la memoria.

Y sin embargo, un día la borraron.

No la desarmaron. No la trasladaron. No la pensaron. La destruyeron. Ahí es donde el relato se quiebra y duele. Porque lo que resiste décadas de viento, escarcha y esfuerzo humano, a veces no sobrevive a la desidia. La casa estaba junto al ala sur del Liceo San Felipe Benicio, visible, tangible, rescatable. Pero pudo más la torpeza administrativa que el sentido cultural. Como si la historia fuera estorbo. Como si el pasado ocupara espacio.

Y entonces aparece la pregunta, áspera, inevitable: ¿en qué momento dejamos de entender el valor de lo que nos funda?

Porque no fue sólo esa casa. Fueron los correos –el de Condell y el de la avenida Ogana. Fue el barrio Moraleda, la Pensión El Sol, La Riojana Vieja, el Centenario, la ciudadela de la Estancia, el cine Rex, el Ámbar, el Colón… nombres que hoy suenan como campanas apagadas. Fragmentos de una ciudad que se fue desarmando sin ceremonia, sin duelo, sin conciencia. Y también se fue olvidando.

Tal vez la tragedia no sea la pérdida material, sino la incapacidad de ver en esas maderas algo más que “trastos viejos”. En otros lugares, esos restos son santuarios cotidianos. Aquí, muchas veces, son escombros.

Y sin embargo, la memoria insiste. Como el zanjón en 1935. Como las bolas de nieve contra el fuego. Como esa casa a medio construir donde alguien, alguna vez, cantó con la voz temblando.

Porque una ciudad no se levanta sólo con planos: se sostiene con recuerdos. Y estos, cuando se destruyen, no siempre vuelven a levantarse.

Urmeneta 581, oficina 24, Puerto Montt | Fono: 56 9 96450093 | Email: verticetv@gmail.com

Powered by Global Channel
251504