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Autor: DiarioChiloe.cl , 4 de marzo de 2021

Castro en llamas, el gran incendio de 1936

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Casi el 80 por ciento de la ciudad de Castro fue quemada en el incendio ocurrido hace 85 años. Un desastre que significó, en parte, la modernización de la ciudad, sin tantos edificios de madera y con más hormigón armado. (Colección de fotos de Gilberto Provoste)
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[#HistoriasDiarioSur] El siniestro quemó 320 casas y el 80 por ciento de la ciudad en un fatídico día que se entremezcla con historias fantásticas de monstruos marinos y demonios con antorchas.

Hace 85 años, un 4 de marzo de 1936, ocurrió uno de los desastres más documentados de la historia de Castro cuando la actual capital chilota fue azotada por uno de los peores incendios de su historia y que terminó quemando un total de 320 casas.

La urbe chilota es la tercera ciudad chilena más antigua, fundada como Santiago de Castro por el conquistador español Martín Ruiz de Gamboa un 12 de febrero de 1567, ha pasado por una gran cantidad de desastres, desde terremotos, saqueos de piratas y, muy especialmente incendios. Han sido tanto los devenires de la ciudad con los incendios que el historiador Joaquín Edwards Bello le puse el mote de “Incendiópolis” y la verdad es que la ciudad ha sido ígnea casi desde su fundación cuando los corsarios holandeses la atacaron y quemaron en 1600 con Baltazar de Cordes y en 1643 con Enrique Brouwer.

Posteriormente hubo incendios notables como cuando en 1768 cayó un rayo en la iglesia jesuita de la ciudad y la consumió totalmente; el de 1772 cuando se quemó la iglesia matriz; el de 1837 derivado del terremoto que ese año afectó la zona sur; el del 22 de marzo de 1857 que ocasionó la destrucción del Colegio Franciscano –un enorme edificio de madera de dos pisos- y parte de las casas, incluida la nueva iglesia del pueblo; en 1868 volvió a quemarse el nuevo Colegio Franciscano aunque el desastre bien pudo ser peor y el 12 de octubre de 1882 vuelve a quemarse el mismo edificio, pero sólo su tercer cuerpo. El 20 de julio de 1895 se activó un incendio que casi arrasó con toda la ciudad y que fue bien documentado en el diario “El Chiloé” y que se inició a las 1.30 AM de aquel día. Enumeramos 9 incendios considerados entre los más grandes, porque las construcciones de madera, el frío y el uso de fogones hacía que los incendios sean “pan de cada día”. Pero aún faltaba el décimo incendio el del 4 de marzo de 1936.

EL MAL PRESAGIO

El desastre acaecido hace 85 años fue bien registrado por el fotógrafo Gilberto Provoste Angulo y que evidenció como una ciudad que se expandía en los años treinta fue destruida. Las fotos captan el desconsuelo de quienes vieron sus casas y tiendas comerciales destruidas.

Pero Chiloé es isla de mitos y uno de ellos fue que antes de ocurrido el incendio un lobo marino se paseó por las calles centrales de la ciudad de Castro, hecho interpretado por algunos vecinos como la aproximación de una tragedia. Quienes vivieron aquella época aseguran que el animal en realidad era “un monstruo”, pues habría tenido dimensiones más grandes que la de un lobo marino normal y “tenía una cabeza puntiaguda que atemorizaba a la gente, quienes cerraban puertas y ventanas con gruesos troncos de leña para que el monstruo de fea cara arrugada no entrara a las casas”.

Después se relata que el desconocido animal subió hasta la mitad de la cuesta, se detuvo, lanzó un inmenso rugido y comenzó a descender para otra vez irse a sumergir en el mar. Desde esa tarde la gente comenzó a murmurar: “Algo malo va a pasar, los animales del mar no salen sin una razón”.

EL DESASTRE

Aún no existe consenso histórico de donde comenzaron las llamas, algunos dicen que en casa del Sr. Lagrezze, mientras que otros en casa del Señor Carlos Barrientos. Las llamas se precipitaron por las casas de madera de las calles Latorre, Serrano y Blanco Encalada que fue consumida por ambos costados para terminar con su fuerza destructora en las calles Irarrázaval y Lillo donde sólo se detuvo al llegar al mar no sin antes quemar también varias lanchas, goletas, botes y chatas ancladas en la bahía. El 80 % de la ciudad quedó reducido a escombros y palos humeantes.

Cuenta el libro “Crónogramas de Castro del siglo XX” que el avance del incendio fue tan grande y rápido que la gente ya no atinó a sacar sus utensilios domésticos o muebles, sino que empezó a correr para salvar su vida. Los damnificados perdieron casi todo y los vecinos comenzaron a llevar sus pocos enseres a los patios espaciosos y con grandes arboledas, donde los aterrados pobladores se protegían del fuego. Los más chicos quedaban cuidando los enseres y los mayores tratando de salvar las casas.

También brotaban nuevos focos de fuego, por ejemplo en calles Serrano con Blanco se elevó una especie de tizón ardiendo que fue a caer como a doscientos metros, en calle Blanco, donde estaba la Farmacia de Luis Espinoza. Los bomberos bajaron la bomba grande de la Segunda Compañía, conocida como “La Chancha”, eran entre treinta o cuarenta bomberos prendidos de los cabos para que no se les vaya cuesta abajo, ubicándola en el pozo que allí existía, pero la maniobra no dio los frutos esperados. El fuego siguió por calle Lillo, arrasando con todos los palafitos de Castro.

AYUDA DE ANCUD Y CHONCHI

Al día siguiente de amanecida llegaron los bomberos de Ancud, alertados del desastre, con dos máquinas que sirvieron para apagar los escombros. Lo mismo hicieron los bomberos de Chonchi con sus voluntarios y el material para sumar sus esfuerzos por mitigar el desastre.

Por la mañana las planchas de zinc de los edificios quemados comenzaron a caer o salían volando 30 o 40 metros, presumiblemente por el intenso ambiente de calor en la ciudad, dado que no había viento fuerte.

Muchas familias debieron alojar a otras que habían perdido sus casas, lo que a la larga fue ocasionando problemas de convivencia. Otras familias optaron por dejar Castro y no volver nunca más a su ciudad de origen. Ese fue el otro impacto social, además de material, que dejó el gran incendio.

EL DEMONIO

El imaginario chilote daba para mucho. Muchos viejos castreños empezaron a decir que durante el incendio vieron un gran demonio con dos antorchas que iba quemando las casas de la ciudad y contaban esas historias, haciendo que los niños, pero también a los adultos se les erizara el pelo de pavor. 

Historias como "Era muy grande y alto, como de dos metros, de un color rojo sangre, pero de esa "coagulá´", “Tenía unos inmensos cachos como de "guey" (buey) y unos ojos rojos de demonio que miraban con odio...daba terror”, otras mujeres decían “el demonio hacía sonidos guturales horribles y tenía dos grandes alas, como de murciélago, las que batió con fuerza y luego emprendió el vuelo, chillando horriblemente". Cuentos que era muy natural escuchar en aquella época de parte de los abuelos de la isla.

LA RECONSTRUCCIÓN

Pero había que levantar de nuevo a Castro y así se hizo, con viviendas y edificios construidos de hormigón armado y albañilería reforzada y muy poca madera. Era obvio que los castreños estaban hastiados de tanto incendio. Pero fue una reconstrucción lenta, pues en la década de los cuarenta aún había vestigios del gran incendio, según relata en sus obra el historiador chilote Rodolfo Urbina.

A partir de los recursos entregados por el gobierno central, que se obtuvieron de una colecta proveniente de fondos fiscales, privados y donaciones particulares, fueron repartidos cerca de $67.947 pesos a los damnificados.

La distribución fue responsabilidad del ex alcalde Clodomiro Martínez, nombrado específicamente para la tarea de entrega de víveres y del dinero recolectado, de acuerdo a lo que relata Urbina. La tarea de repartición significó un problema, ya que no fue lo suficientemente equitativa y su objetivo era resolver problemas urgentes de víveres, ropa y dinero.

Urbina relató que “pronto se culpó al municipio y el pueblo exigía que se publicara la nómina de los favorecidos y el monto recibido por cada uno, todo lo cual significó tensiones, desencuentros y actitudes poco edificantes en medio de la crisis". A los conflictos desatados en la comunidad, la comisión pro restablecimiento de Castro y ayuda a los damnificados consiguió de parte del gobierno la Ley 5.827, que facilitaba los auxilios necesarios a la comunidad concediendo préstamos de $50.000. La cantidad de beneficiados fue aumentando con el paso del tiempo. A los problemas de los propios postulantes, se sumaba la escasez de fierro y cemento, cuyos precios eran altísimos durante esa época.

El incendio de Castro de 1936 generó cambios sustantivos en la reconstrucción de la ciudad. Las viviendas y edificios se reconstruyeron con hormigón armado, estilo poco común para los acostumbrados a la madera, y ajeno a la arquitectura típica del centro de la ciudad. Los desastres posteriores ocasionaron un proceso de reconstrucción constante y de adaptación a las nuevas edificaciones.

Pese a los desencuentros o historias fantasiosas más pudo las ganas de volver a recuperar la vida y Castro estuvo a la altura, pero nunca olvidó ese terrible incendio de 1936.

 

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